Series: manual de uso

Que el talento de la industria cinematográfica, incluida la cantera de actores y actrices, se ha ido trasladando en los últimos años desde las producciones cinematográficas a las producciones televisivas ,es una evidencia que pocos se atreven ya a contradecir. Y que esta especie de revolución pacífica  es el resultado de una visión empresarial lo suficientemente despierta para comprender que el modelo tradicional del negocio del cine cambiaba de forma tan vertiginosa que poco se podía hacer para frenarlo salvo ponerse al frente de la manifestación, no es solo la segunda de las evidencias, sino un ejemplo, un magnífico ejemplo además, de la capacidad de reacción y de adaptación que toda actividad empresarial debe hacer suya en un mundo marcado por una ruptura de los esquemas en la que tanto tienen que ver las nuevas tecnologías.

No es este, sin embargo, el caso de la irrupción de las series, salvo en el aspecto de que muchas de ellas han sido ideadas desde sus orígenes para su emisión por los nuevos canales por cable, y algunas incluso concebidas desde sus orígenes para su disfrute en los dispositivos móviles vía internet. En el fenómeno de las series hay un componente económico, la gente había dejado de acudir al cine en masa; un componente sociológico, que permite a los creadores tocar temas que son difícilmente asimilables en la gran pantalla sobre todo para un público como el norteamericano, y también un componente de estilo de vida.

Por partes. El cine es carísimo, sobre todo en los últimos y apretados tiempos. Salvo como ritual de iniciación a las salidas en grupo o en parejas de los adolescentes y como templo de los puristas del género, que cada vez más se refugian en la comodidad de su casa para degustar las películas en DVD o Blue Ray, las salas cinematográficas han dejado de tener el reclamo que tenían antaño. Si a ello le añadimos que las películas continúan siendo fácilmente pirateadas, con ley Sinde o sin ella, es raro hoy en día ver una sala de cine hasta la bandera salvo en estrenos muy concretos, casi siempre en formatos novedosos, como el 3D.

Pero si además si de ser caro, la oferta es poco menos que deleznable en buena parte de las ocasiones, el atractivo del concepto de ocio ‘salir al cine’ cae unos cuantos puntos más. Y es aquí donde entronca la segunda de las características del fenómeno de las series. Las series se adentran en temas que el espectador medio norteamericano, el primer objetivo de la gran maquinaria de lo que después se exhibirá en el resto de las pantallas del mundo, no aceptaría debido a su puritanismo ancestral. Para ilustrar este aspecto les propongo reflexionar sobre si sería posible o no que un tema como el tratado en el primer episodio de Black Mirror -la televisión retransmite la cópula de un primer ministro británico con una cerda- podría ser llevado a la gran pantalla por un productor norteamericano.

Se ha llegado a decir que las series televisiva sustituyen hoy en día a las novelas, ya que es una forma de consumir historias en el formato al que las nuevas generaciones están más habituados, el audovisual. Pero además es una forma de escuchar historias mucho más adaptada a la forma de consumo rápido que se impone hoy en día. Como ejemplo, mi hijo de 17 años asevera con total seriedad que él no tiene ni tiempo ni paciencia para tirarse hora y media frente a una pantalla para que le cuenten una película. Los 45 minutos, o menos, que son habituales en un episodio televisivo es algo mucho mas dimensionado a sus costumbres de consumo.

Las actuales serie televisivas no son en realidad sino la transposición al mundo de hoy del formato de novelas por entregas que prácticamente era norma en la literatura del siglo XIX, cuando escritores como Dickens cocinaban sus historias semana a semana para ir ofreciéndoselas, todavía calentitas, al gran público insertas en los periódicos o a modo de cuadernillos.

Uno de los aspectos más interesantes del éxito que están teniendo entre toda clase de públicos las  series televisivas es que es un formato que paradójicamente parece estar inventado para no ver la televisión. Es decir, para confeccionarse una televisión a la carta que nos permita disfrutar del ocio frente a la pantalla del televisor sin tener que estar sometidos a una programación televisiva que es un auténtico insulto a la inteligencia y a un asedio publicitario infame. Esto implica, claro está, practicar el moralmente dudoso arte del pirateo, pero es esa una cuestión que dejo a la conciencia de cada uno y a la regulación de los estados, si es que son capaces de ponerle finalmente puertas al campo.

Por último, y no por ello menos importante, las series hacen familia. Ya no nos reunimos junto al fuego para escuchar historias de nuestros mayores en formato verbal o escuchar la cuidadosa y plácida lectura de un libro que era preciado patrimonio común en el hogar. Pero podemos darnos cita frente al televisor para seguir las peripecias de nuestros personajes favoritos en las series de nuestra elección. Y esta elección se puede entender como infinita, si la comparamos con la que proporciona el cine, y con una temática capaz de abarcar casi todas las edades y gustos.

Baste finalmente citar un par de ejemplos para abundar en la idea de la importancia que han adquirido las series en la sociedad actual. Los Premios Emmy se codean hoy día con los Premios Oscars en cuanto al interés que suscitan entre los consumidores de este tipo de eventos. Y en la ceremonia inaugural de los recientes Juegos Olímpicos de Londres se incluyeron algunas series míticas, entre ellas la española ‘Cuéntame’, como acto de reconocimiento a su contribución a la cultura popular de los últimos años.

ilustración: miguel luque
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