Un pan bajo el título

La locutora, periodista de larga y reconocida carrera en las ondas, hablaba con ese entusiasmo impostado propio del que se quiere ganar a la audiencia, atraer a los anunciantes e incrementar su índice de supervivencia profesional. Lo hacía en torno a los panniers (panaderos) y su reciente vinculación con la Universidad de Vic, en Barcelona, aparentemente transportada por el supuesto de que la panadería se iba a convertir en una disciplina universitaria.

Al otro lado de las ondas, su entrevistada intentaba explicar que nada había de tal cosa, que se trataba simplemente de un curso de cuatro horas, este en concreto, del Aula de Formación Continuada de la citada universidad que se despachaba con un certificado de extensión universitaria que acreditaba, sin más, su asistencia al mismo.

Pero aquello no era suficiente para vestir el titular que había lanzado a las ondas la entusiasta periodista -el ascenso al olimpo universitario de la elaboración del pan nuestro de cada día- , así que despachó la entrevista de esta sugerente manera: “Bueno, bueno, todo se andará”

Y cuando mis dedos se lanzaron crispados al cambio inmediato de dial, me quede pensando: ¿Pero por qué somos tan catetos? ¿Por qué este continuado empeño en desprestigiar la dignísima formación profesional por la vía de querer convertirlo todo en una disciplina universitaria?

Hay infinitas versiones de lo que debe ser la Universidad y yo también tengo la mía. La entiendo como un establecimiento dedicado a la formación de cuerpos de élite en disciplinas como las ciencias, las humanidades, las artes y la tecnología. Hablo de una universidad pública y gratuita abierta a todos aquellos que demuestren a lo largo de sus estudios obligatorios que tienen altas capacidades, que están dispuestos a dedicarse a hincar los codos, que hacen votos con una vida de formación continua y que, además, han desarrollado una sincera voluntad de entrega a la investigación y a la docencia como forma de revertir a la sociedad lo que la sociedad ha invertido en ellos. Me refiero a un establecimiento dedicado a crear y alimentar la intelectualidad de un país. Ni para ricos ni para pobres ni para muchos ni para pocos, sino para todos aquellos dispuestos a los sacrificios necesarios a cambio de recompensas económicas y de reconocimiento social adecuadamente dimensionadas.

Que a los padres todavía nos tiemblen los higadillos cuando orientamos a nuestros vástagos a estudios ajenos al ámbito universitario, o nos vemos ante la alarmante tesitura de un haber criado un alma libre de todo convencionalismo y dispuesta a transitar por sus propios derroteros, es un buen índice de lo palurdos que seguimos siendo aún después de años de campañas para prestigiar la formación profesional y los oficios tradicionales y de haber experimentado en nuestras propias carnes el fracaso del ‘café para todos’ en forma de estudios universitarios de los tiempos de la primera utopía socialista del postfranquismo.

Sostener que en tiempos de Felipe González fue cuando eclosionó la socialización de las enseñanzas universitarias es una parte de la verdad. Pero hay otras vertientes igualmente verídicas de ese fenómeno, Primero los movimientos telúricos previos a la Transición y el subidón de compromiso intelectual con el cambio político que embargo a la juventud española, Y, también, la otra gran oleada de desempleo que ha vivido nuestra generación y que se sitúa a finales de la década de los 80 y primeros años de los 90, durante los gobiernos de Felipe González.

La universidad se convirtió entonces para muchos jóvenes en una especie de lustroso aparcadero, una forma útil de invertir el tiempo mientras se despejaba la situación económica, Uno de los resultados de aquel movimiento fue que la Universidad se ganó  el diploma de ‘gran fábrica de parados’ y su prestigio descendió los correspondientes enteros. El otro es la frustración de tanto universitario trabajando de cualquier cosa y sin haber olido, siquiera de lejos, lo qué depara el ejercicio de la profesión en la que, algunos con verdadero esfuerzo, se licenciaron.

A día de hoy, las sutilezas de un sistema público completamente degenerado lleva, entre otras cosas, a situaciones tan absurdas como que a un futuro físico se le exija una nota de corte muy inferior a la que necesita un aspirante a periodista para entrar en la Universidad. O sea, que el sistema se ha vuelto loco de remate y no cumple de ninguna de las maneras la función social que se le supone ni la que yo, si yo, le encomiendo en mi imaginario particular.

Los clásicos hacen una diferenciación fundamental entre profesión y oficio para acentuar la divergencia entre aquello que es materia universitaria y lo que es propio de otro tipo de enseñanzas. Dicen que al que aprende un oficio se le instruye en la forma en que se realiza determinada operación para que la repita ad infinitum, mientras que el que estudia para ejercer una profesión lo hace para aplicar sus conocimientos al proyecto que se le encomiende sin que nadie pueda a decirle cómo tiene que desarrollar su trabajo.

No me parece mal como definición, sobre todo si es una respuesta a la necesidad de definir las cosas para explicar el mundo. Pero a mí se me ocurren diversas réplicas a la misma. Por ejemplo: ¿está el panadero condenado a repetir el mismo pan toda la vida o está capacitado para innovar en los límites, o no, de su oficio. Y por ejemplo: ¿el empleado licenciado en Periodismo llamado periodista narra aplicando los principios que ha aprendido o lo hace en función de una línea editorial que dirige y acota su visión de las cosas?

Los ejemplos que pueden contradecir tal definición son innumerables pero absolutamente innecesarios. Baste decir que no es fácil acotar ni el talento de una persona ni la capacidad del dinero, y de un sistema dirigido al beneficio, para subvertir ese ideal estado de cosas. La pesca del salmón en Yemen, un curioso librito que desbarra precisamente por insertar el romance para llegar a todos los públicos y resultar más rentable, se ocupa de soslayo de este tipo de cuestiones.

La panadería, la alta panadería cómo no, debería llegar entonces a ser una disciplina universitaria como ya lo es la alta cocina, véase el link,  y como sugería la locutora de nuestra historia?

La respuesta ya la están dando las universidades privadas, muchas de las cuales no solo se ocupan de hacer trajes a medida para necesidades de formación, reales o imaginarias, que lo público no logra o no quiere abarcar, sino también de satisfacer anhelos de intelectualidad y posición social que merecerían mejor causa.

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