Ven a buscarme

Siempre que tengo la oportunidad recomiendo la lectura del libro de Julian Barnes Nada que temer , una reflexión lúcida, erudita y, para colmo, simpática y entretenida, sobre eso tan cotidiano que es la muerte y cuya mera mención provoca el mayor de los yuyus en nuestra cultura. El hecho es que de Julian Barnes yo lo recomiendo todo, o al menos todo lo que yo he tenido la ocasión de leer. Me gusta este hombre, qué le vamos a hacer, hasta cuando escribe fruslerías, tan imprescindibles en esta vida nuestra, como El perfeccionista en la cocina.

Pero yo quería hablar de la muerte, no de la cocina. Pero, y  ¿la gastronomía no es una de esas deliciosas cosas que van ocurriendo mientras esperamos su llegada? Bueno, es un manera de ver las cosas a la que yo, a estas alturas, en absoluto me opongo.

Para qué engañarnos. No dejamos de pensar en la muerte desde el momento mismo en que, con horror, nos asalta la consciencia de su existencia. Pero el paso del tiempo va modificando de manera sustancial el modo en que pensamos en ella. Y el punto de inflexión fundamental en ese recorrido es ese acto de humildad obligada que supone su aceptación. Así, sin más. Va a ocurrir. Punto. Inflexión ejecutada.

Llega con la edad, como tantas otras cosas que sin ella nunca hubieran llegado a su debido tiempo. Ocurre cuando empezamos a plantearnos cómo deseamos que sea nuestro final. Y no, no me refiero a ese debate tan manido de si es preferible morir de forma repentina, que te parta un rayo por ejemplo, o rodeada por la dulzura de todos los tuyos en una cama que suele estar ubicada en ese algo tan poco hospitalario que es un hospital. Eso es algo que yo no me molesto en plantearme porque me atrevo a apostar que la que te dije no nos dará la oportunidad de elegir.

Hablo más bien de cómo enfocar la recta final. De si optamos por el modelo tradicional -jubilación, mesa camilla y a racanear con los ahorros de toda una vida para dejar un mínimo de colchón a la descendencia-, o lo hacemos por aquel que consiste en deshacerse de las cargas de toda una vida y lanzarse solo con lo imprescindible a conocer y degustar el escenario en el que nos tocó desarrollar nuestro fugaz episodio de este largo serial que es la existencia.

¿Que porqué no he citado los viajes del Imserso en el modelo de despedida y cierre tradicional? Pues por la sencilla razón de que eso no es viajar, sino hacer turismo. Y  porque, además de resultar francamente tristones, me temo que los recortes a la sociedad del bienestar que nos han impuesto nuestros gobernantes con su mala gestión de nuestros intereses, se los llevarán por delante antes de que nuestra generación, y posteriores, pueda siquiera poner el primer pie en el finger.

La idea reverberó en mi cerebro viendo como un avión se lanzaba al azul del cielo desde las proximidades de un aeropuerto. ¡Qué subidón de energía, qué ganas de poner las cuatro cosas que necesitas para vivir el resto de tú vida en una pequeña maleta y mandarte a mudar sin fecha de regreso¡ Qué maravillosa manera de decirle a la muerte: anda prepotente, malaje, abusona, si me requieres, no te va servir con llamarme a capítulo desde tu macabro despacho; porque yo no me voy a sentar sumisa a esperarte, me vas a tener que venir a buscar.

Lo sé. Describo un anhelo que, en el fondo, no es sino otra ingenua manera de intentar escapar de la parca. Pero no es solo eso. También intento esbozar un cambio de mentalidad respecto a las últimas etapas de la vida, esas que en el sentido tradicional empiezan a la edad de la jubilación y que cada vez se prolongan más con el aumento de la esperanza de vida, con o sin calidad.

¿Jubilación he dicho? Ese es el primer concepto erróneo. No solo porque lo previsible en el marco de los próximos años es que cada vez se retrase más. Tampoco porque la situación económica en la que nos han hecho naufragar impida que sigamos confiando en el cobro de una pensión y, mucho menos, con unos dígitos respetables. Es que el concepto de jubilación ya debería haber sido borrado de nuestro imaginario sociolaboral. Porque hace mucho daño.

Los profesionales liberales, los artistas y artesanos, los científicos, los escritores -la empresa, la cultura, la ciencia y el pensamiento en general- nunca se jubilan. Al contrario. Son más valiosos en cuanto el tiempo les permite atesorar mayor cantidad de formación e información. Porque en esto no vale ni la nube ni el dropbox ni memorias externas de cualquier tipo imaginable. El material sensible (por cierto grandísimo disco de Joan Manuel Serrat) con el que se conforma el conocimiento  humano, o digamos que la parte más irremplazable de él, permanece en los límites biológicos del ser y muere con él.

Cualquiera que sea nuestra función en la vida, y siempre que la salud nos respete, el concepto de jubilación como hecho de retirarse a morir laboral y profesionalmente debajo de un árbol, como hacen algunos indígenas cuando sienten que les llega la hora, está completamente desfasado.

Pero para aceptar este nuevo cambio de paradigma en lo laboral, será necesario que antes le demos un buen meneo al concepto trabajo. Porque trabajo no es solo lo que hacemos en un horario determinado por un salario concreto, aunque es lo más común y también lo menos gratificante. Trabajo es todo lo que hacemos para hacer viable nuestra existencia en el terreno económico y también en el emocional.

No estoy hablando de El Elemento ni otras teorías propias de esos gurús de la crisis que tanto dinero generan. Digo que si comprendemos que ambos factores, el económico y el emocional, van necesariamente unidos -porque la seguridad económica antes pretendida ha saltado por los aires y porque el trabajo tiene la capacidad de alimentar nuestra realización personal a lo largo de toda la vida- nunca llegaremos a jubilarnos. Entonces estaremos siempre tan ocupados con la vida que la muerte tendrá que tomarse su tiempo para venir a buscarnos. Y quién sabe dónde y cuándo nos encontrará. E incluso si lo hará.

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