No me chilles que no te veo

nasdfdfsdvLeo repetido por millonésima vez uno de los pilares fundamentales de la teoría de la comunicación, Lo que no se comunica no existe, y encuentro por fin la mejor definición del mensaje que, alto y claro, es preciso transmitir al cine español: El cine español nunca logrará la homologación en el imaginario cinéfilo mientras las películas que se hacen en este país no se oigan adecuadamente.

Es tan grave el problema que en este sentido tiene la industria cinematográfica española, que en la última Gala de los Premios Goya se hizo alusión pública y explícita a ello por parte de sus propios protagonistas en al menos dos ocasiones. Una cuando uno de los actores que colaboraron en la presentación de la Gala bromeó con el hecho, completamente cierto en términos generales, de que los actores jóvenes no saben hablar. Otra cuando la presentadora del evento, Eva Hache, reprendió entre bromas y veras al director de la película Grupo 7 por la dificultades de audición de su obra, máxime cuando el que se expresa es un yonki sevillano corriendo a toda velocidad. A modo de ejemplo de cuán cierto es esto yo misma tuve que abandonar el visionado de la película ante la imposibilidad de oír, la antesala del entender y del disfrutar en el cine -al menos si la película es sonora- lo que decían los actores. Y por supuesto que la jerga puede ser una parte esencial del discurso fílmico. Ahí está The Wire para demostrarlo. Pero, señores del cine español, hasta la jerga debe ser percibida adecuadamente por el oído para que el ciclo básico de la comunicación -emisor, mensaje, receptor- se complete. Y si no se completa, lo que se quiere comunicar -o vender- no existe.

El broche de oro a este reconocimiento público de la mala calidad del sonido del cine español lo puso sin quererlo el actor José Sacristán, que al recoger su primer Goya dejó oír su tremenda voz en el salón de actos demostrando la enorme diferencia que existe entre la dicción y la locución de los actores españoles de antes y la de los de ahora. El teatro, las exigencias que conlleva trabajar cara al público y sin artificios, podría tener mucho que ver con los problemas que en este terreno presenta la nueva hornada de actores españoles, muchos de los cuales no han pisado en su vida las tablas.

¿Y qué me dicen del hecho de que la vencedora absoluta de la edición de esta edición de los Goya haya sido una película muda? ¿Será una simple casualidad?

He oído sostener abiertamente a cinéfilos tan empedernidos como especializados que no ven cine español porque, sencillamente, no entienden lo que dicen los actores. Y los hay que argumentan que el problema no es tanto de sonorización, mi generoso criterio inicial, como del hecho de que los actores españoles simplemente no saben hablar. En algún sitio he dicho que tampoco saben leer a la vista del error que se produjo en el curso de la Gala -proclamación errónea de un ganador por otro- pero esa es otra guerra en la que ahora no quiero entrar.

Lo cierto es que, que yo sepa, el cine español no ha ganado ningún Oscar en el área de la sonorización y, también, que a buena parte de los jóvenes actores españoles les falta esa cualidad tan importante para comunicarse como es saber expresarse oralmente de forma clara, creíble y convincente.

Recurrir a doblar a los actores por profesionales de la locución, tan prestigiosos en este país, o a subtitular en castellano las películas rodadas en nuestro idioma común parecen soluciones tan ridículas como para poner en un brete a toda una industria. Aunque a corto plazo bien podría ser la única solución a la relación de difícil comunicación que ha entablado el cine español con aquellos que son los llamados a adquirir el correspondiente y carísimo ticket que da de comer a toda una industria que pasa por dificilísimos momentos.

No me chilles que no te veo puede ser una película muy divertida, pero desde luego no un ejemplo en materia de comunicación. Un cortocircuito comunicativo de tal naturaleza es, sin embargo, el que se está produciendo entre el cine español y su público objetivo. Resolverlo es una cuestión práctica y económica que necesariamente no interfiere en la práctica del activismo político, en la que son que son tan fecundos los actores españoles cuando se presentan con sus galas ante la sociedad. Y al que tanto tienen tanto derecho como cualquier otro español. Ni más, ni menos.

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